Martín Risso Patrón
A César Edgardo Domínguez, (As de Trébol o qué se yo). +Junio de 2.006
Cuando uno se entera de la muerte de un amigo, se entera de la Muerte. Entra en hondas, hondísimas cavilaciones y graves, insondables reflexiones. Todo el día ese nuevo para uno transcurre en medio de un humo protector. Hoy murió el Negro Domínguez, sibarítico amante de la vida bien servida y generoso gastador de vaya a saber qué átomos de esos que en la noche interminable nos damos cuenta que llevamos en una faltriquera cerca del corazón, pero de día desaparecen tras la cortina que se cierra en los amaneceres húmedos; porqué serán siempre húmedos los amaneceres. En cuál soledad se habrá producido el drama del combate esta mañana de este As de las cartas negras, que, junto a Mario, a Mauricio y Carlos fueron el póquer que siempre tuve en la manga. Sabedor de todos los sistemas, los posibles y los ciertos, y también los imaginables como los que no, tuteaba a Tomás con la naturalidad del agua que corre frente a uno. Tuteaba a Tomás, a Sartre, a Touraine y era un cristólogo de nota. Que se sepa, tenía muchos libros escritos; no se sabe cuántos, porque nunca los sacó del cerebro, pero se sospechó siempre de su existencia cada vez que se le caían de los anaqueles en alguna mesa, no importa cuál, mientras preparábamos el espíritu para el vino convocante de las buenas y de las malas cosas. El impecable brillo de la gomina en un cabello prolijamente cortado le daba un aire de muchacho de esos de derecha, pero a la vez de un demonio de aquellos que revuelven el estómago de los curas. Se dice que para el final preparó un veneno de esos que llevan veinte años de secretos rituales, poniéndole una gota, una sola gota por vez mientras reía con Tomás de Aquino, Sartre, Touraine y un tal Jauretche, haciéndonos una trampa mordaz a quienes lo amamos cada vez que abría la boca para contarnos verdades de esas que sólo aparecen con un destello y si no las agarrás, te dejan dos veces ignorante. Operador de todo lo imaginable, El Negro Domínguez operó para sí mismo de una manera magistral, y haciendo una trampa descomunal se ocultó en la Manga Eterna del póquer ese que perdemos todos, mientras desoladamente compruebo que me falta una carta en el mío: Ese As de Trébol que por casualidad, también es Negro.
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