miércoles, 18 de julio de 2007

EN RESUMIDAS CUENTAS...

(Carta a mi hija)

Salta, 2 de marzo de 2006.

Querida Juanita:

Se me ha ocurrido contarte cosas, imaginando que estás en estos momentos preparando algo para tus Facundo y Franco, planchando la ropa de Jorge o imaginando niños que aprenden y desaprenden y vuelven a aprender, como les suele suceder a las psicopedagogas en su imaginario que las lleva como hadas al país de los enanos, en donde ellos hablan una lengua pocas veces inteligible, y ellas también. He presentido estos días que aquel extraño juego de espejos del que alguna vez te hablé, hoy me tiene preso, y en un descuido, cuando me tocaba la jugada, no supe qué hacer, y no sé de qué lado quedé. Miro por la ventana el viento que no mueve las pencas de la tuna en el jardín. Paso por la calle con un palito en la mano, un poco corriendo delante de mis padres. Vamos muy bien vestidos y son algo así como las cinco de una tarde que está, como te he dicho antes, ventosa.En la esquina, que ya es otra esquina, no la del pasaje y Maipú, los tres toman un taxi negro, enorme, quizás un Buick o un Chrysler 46, no lo tengo bien en claro desde la ventana donde me miro, y se van, lo sé, al centro. Estoy vestido con un pantaloncito color crema, y la camisa igual, con zapatos de mucho lustre y medias blancas dobladas en el tobillo; el pelo me brilla finamente peinado con gomina, de la que siento, al subir al coche, el perfume que la peluquería del hotel Salta tenía, lo mismo que todas las peluquerías, un perfume limpio que vaya a saber porqué siempre asocié con mi padre. Vamos del taxi al frente de Grimoldi, aunque mi papá dice que primero vayamos a La Mundial, en la esquina que la Boulevard Belgrano hace con la calle Mitre. Siento que tengo seis años y que es viernes. Si saco cuentas, ese año murió Evita, la televisión, que no estaba en Salta, hacía dos años ya había transmitido la coronación de la Reina Isabel de Inglaterra, y Edmund Hillary se preparaba para llegar, en el 53, a la cumbre del Everest. Justo este viernes del 52 en que camino con Alicia y Pepe, 58.000 niños mueren de poliomielitis en los Estados Unidos de Norteamérica. Después, no recuerdo cuando, me inyectarán la vacuna Salk, y después la Sabin Oral. No recuerdo en qué momento entramos a la Confitería El Cabildo, en la Mitre, al frente de la Plaza, donde hoy existe un par de negocios anodinos. Un chico de seis años en una tarde de viento, si hubiera mirado por una ventana abierta, hacia adentro, cuando pasaba con sus padres, habría visto a un hombre que lo miraba divertido cómo corría con su palito en la mano y tomaban un Buick o un Chrysler 46, no lo dudaré nunca, en la esquina, para ir al centro. Los modelos del año 1.946 eran grandes; negros las más veces. En el año 1.946, sucedían algunas cosas en el mundo, tal como sabemos que suceden todos los días. Había terminado la Guerra el año anterior; Perón ganaba en febrero las elecciones que lo llevaron a la Rosada en su primera presidencia; Alicia, saludable, visitaba al Dr. Salado por su gordo embarazo de ocho meses. Pepe tenía un lejano asomo de inflamaciones articulares. Ingrid Bergman y Cary Grant filmaban juntos con la dirección de Hitchcock una película de suspenso. Ya hay fotos de chicas en bikini. Fue en Bikini, un atolón minúsculo del Pacífico, donde se detonaron las primeras bombas atómicas experimentales. Quiero decirte que Hermann Hesse recibe ese año el premio Nóbel de Literatura. Nerhu gobierna la India en la primera aproximación hacia la independencia india de Inglaterra, que también se retira de Irán (y hoy quieren los ingleses volver). Se funda la V Rèpublique Francais con el general De Gaulle a la cabeza. Holanda se va de Indonesia, y Francia retoma la Indochina (te recomiendo ver la película El amante, sobre una novela de Marguerite Duras -“la historia del amante de la China del Norte y de la niña”, según sus propias palabras-. Comienza a gestarse la guerra de Viet Nam. Me veo tomando chocolate en la confitería, con churros, y me parece que había una orquesta que tocaba jazz en un tablado flanqueado de columnas. Mi papá con impecable traje claro y mi mamá con un rodete y un vestido de vuelos; la boca bien pintada.Todavía se habla de que en el 46 se había dominado a la tuberculosis, con la estreptomicina, y que el Sol emite ondas de radio. (¡Yo creía, seis años después, que por el Sol cantaba Magaldi, o se podía escuchar la orquesta de Glenn Miller!). Pero fue el Carnaval de Salta, del 46, el que marcó una época. El 2 de marzo. Creo que era Domingo, y llovía densamente desde el atardecer. El Dr. Salado envío a su partera de impecable y blanco delantal, a la calle Alvarado 131, teléfono 3154, donde se quedó sentada sin dormirse con sus elementos en un maletín negro, y creo que rezaba o leía el diario. Quizá por mimetismo con el ruido de la lluvia, Alicia rompió la bolsa después de la medianoche. Esto, mientras algún payaso desteñido por la lluvia le hacía guiños a Pepe, que se había llevado a su hija mayor Ana María (Chiquita) al Corso de la Plaza 9 de Julio.En estos momentos veo que Alicia se pone un guante de raso casi, casi, color de la piel, y mi papá paga a un mozo peinado a la gomina, vestido con un chaleco fino y delantal hasta los tobillos, que trae el vuelto en una mínima bandejita de plata o algo parecido. Miro la propina, y es: Una hermosa moneda de 20 centavos plateada, no del todo gastada, con la imagen de la Libertad de hermosa melena y de perfil en el reverso. No me doy cuenta que alguien, desde el futuro, me mira con los ojos húmedos intentando recuperar esa moneda...¡Qué se yo, hija, si estoy siguiendo un hilo lógico en esta carta! No importa; recuerda que estoy en el espejo, y no sé de qué lado... Además, te quiero decir algo: Vos, Jorge, Franco, Iris y Facundo, la Lola y Alí, me miran desde el otro lado (entiendo esto como desde el lado en el que en estos momentos no estoy). De pronto, ya es casi de noche, con un chupetín en la mano, vuelvo saltando las baldosas de la calle Alvarado mientras ellos vienen del brazo detrás de mí. Aquí me detengo, porque quiero que prestes mucha atención a lo siguiente: En el momento en que me deslumbra la luz del dormitorio y los ruidos del ambiente me chirrían, y mi piel recibe el calo-frío de la humedad ambiente, un chillido de la partera le dice a mi madre: ¡Es un gordo hermoso! Y mi papá llama al Dr. Folco (que era un gordo hermoso, francés, que muchos años después del 46 fue cónsul de la Rèpublique en Salta), etcétera. En ese momento, en ese mismo momento, con el chupetín de caramelo de leche en la mano, llego a un portón archiconocido de la calle Alvarado al cien, mientras una sombra gorda y cabezona, en algo así como un jardín con una planta de tuna enorme, pero que no es de la calle Alvarado, feliz me estrecha en sus brazos, y los bips del teléfono celular me muestran un mensaje casi esotérico: “Saluda a mi papá”, emitido desde tu celular, no pudiendo determinar hoy yo, si viene dirigido a mí, a ese niño de seis que te contaba, o a Jorge. Mi hipótesis es que lo dirigiste a un ángel, que ya me lo transmitió, porque escuché una voz suave mezclada con la de la radio que está encendida con un tango "Feliz cumpleaños!” Y me siento feliz en los sesenta que bien me quedan...

Cree siempre en los espejos, hija querida.

Tu Tata que te ama con el corazón,

Martín

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