Martín Risso Patrón, miércoles 22 de octubre de 2.008
Camino bajo la llovizna por la Necochea y llego a la Balcarce, hacia el oeste, y soy feliz esta mañana, caminando por la vereda de lajas que llegan al borde de los adoquines. Se me cruza la vieja Carterita empañada con paños negros y su carterón pesado y negro también, con sus piedras que de preciosas no tienen nada, al menos para los muchachos que, como yo, le gritamos “¡...vieja Carterita, tirame una piedritaaa...!”; se le tuercen los tacos a la vieja y el loteriero manco sostiene con su brazo inútil toda la suerte del mundo, y en la mano en que lleva el extracto, alcanzo a ver Nacional del 21 de octubre de 1956. Está, en el portal con arcos de industria, sentada esa criolla o boliviana que vende mote y pan caliente. El matungo de un cochero manqueó con la herradura de su mano izquierda floja al girar de Necochea a Balcarce hacia el centro, y alcanzo a ver una mujer que con un niño de diez años, tengo la certeza que tiene diez años, lleva abierto un paraguas porque la capota del mateo, deja un resquicio para que entre la lluvia por el costado. Van bien vestidos; el cochero, envuelto con una capa negra brillante y encerada, bizquea por las gotas que le caen del sombrero chambergoso al que se le ha ondulado el ala como un pájaro mojado. Parece que acaba de llegar el coche motor de Jujuy, porque aparecen por ahí, viniendo de la Estación por la Balcarce, mujeres y hombres con chicos y bultos; un viejito trae una bolsa de naranjas, y esto ha puesto un color chillón, color Calilegua en el paisaje; ¡las naranjas tienen un sello que dice Calilegua!; su mujer, no caben dudas que es su mujer, se acomoda a la espalda un atado de gordas, suculentas cañas de azúcar moradas y estoy seguro que comerán en lo de la comadre el postre bien masticado de esa carne blanca y fibrosa y dulce como la carne de una Valquiria que descansa de sus héroes. Los tejados hacen agua, porque se alcanza a ver una olla de aluminio abollada y brillante, sobre el piso de baldosas de ladrillo. Alguna gallina ronca o cacarea, qué se yo, en su percha fija, y un gato canelo con vestigios de cierto linaje duerme bajo el piletón de lavar la ropa, en la frontera de la lluvia, y sin que una gota lo alcance. Hay un peluquero leyendo el diario sentado en su propio sillón de servicio enlozado de blanco y con cueros algo gastados; la peluquería se llama “El A tro”, y esto lo veo con mis propios ojos en un cartel de lata, blanco y con letras negras y rojas, así nomás, con la s al revés, medio caída. Está impecablemente peinado, el peluquero, con gomina y con jopo; le caen las patillas prolijas por la cara, y respira por encima de un bigotito muy fino y recortado. Está vestido con su chaqueta blanca de peluquero y ya encendió la bocha de esterilizar, de esas que tienen un águila y parecen un mundo niquelado que exhala vapores de perfume de Glostora. Me estoy yendo con mi madre al centro en un mateo bajo la llovizna que cae densa, fresca y feliz al paso del matungo que echa descriptibles olores de cueros y pasto y coscojea el metal que le cruza impiadosamente la boca. Tengo diez, y al llegar a la Balcarce para encarar al centro veo un tipo sesentón que se parece a mi padre, mirando la esquina o el infinito bajo un paraguas y manipula un aparatito negro que echa una luz, con la mano libre, como si mandara un mensaje (se me figura) apretando botoncitos; alcanzo a verlo, sí, y me gustaría ser como él cuando tenga sesenta. Le moví mi mano izquierda, y sospecho que también es zurdo como yo. Pasó el mateo con su jumento con olor a pasto y cuero y el niño que iba con su madre me miró como un bicho raro, y me saludó con su mano, y lejanamente pensé en mi padre; compulsivamente miro la portada del diario que la diariera me ofrece bajo la marquesina húmeda de una cervecería de paredes rojas, puertas de industria, y con la marca Quilmes, antigua, sobre las puertas, y me conmuevo: 22 de octubre de 2008.
La ciudad envejeció de pronto, y es la misma que conocí de niño. Encontró su vejez del pasado; ¡esa es la idea! Y por efecto de la lluvia o por el intenso latir de mis sienes, se le corrió el maquillaje, gracias a Dios, esta mañana.
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